Ni un ladrillo más. Campaña por una moratoria urbanística en el litoral de Andalucía

Nuestro litoral no puede más, se agota. El boom urbanístico de los últimos años está poniendo en riesgo su conservación como espacio natural de gran valor y como espacio público dirigido al disfrute de todos los ciudadanos. Más allá, estos valores hacen que sobre este espacio tengan puestos sus ojos —y algo más que sus ojos— los intereses económicos más variados, dando lugar a un potencial especulativo no comparable al de ningún otro espacio y sin precedentes en la Historia. El litoral andaluz se encuentra amenazado de muerte por la especulación urbanística, que hipoteca nuestro futuro a golpe de ladrillo, haciendo perder la capacidad productiva del territorio y el poder de decisión de las poblaciones locales sobre nuestro propio futuro.

La especulación del territorio, que se basa en la apabullante proliferación de urbanizaciones y campos de golf, es el mayor problema ecológico de nuestro litoral y uno de los graves problemas sociales que sufre Andalucía. Para el mantenimiento de estos proyectos es necesaria la construcción de presas y trasvases, por el elevado consumo de agua que suponen —sobre todo los campos de golf—, lo que lleva a inundar valles enteros. Este crecimiento  hace desaparecer bosques y se come las sierras por la explotación de las canteras para la extracción de áridos necesarios para las construcciones. Se construyen autovías, autopistas y aeropuertos para comunicar las nuevas urbanizaciones y campos de golf. Esto trae un crecimiento anómalo de la población y, por tanto, del consumo eléctrico. La demanda de energía obliga a construir centrales térmicas, con la consiguiente contaminación atmosférica que sufren las personas que viven en sus alrededores. Este desarrollo se sostiene enterrando bajo el cemento los pocos espacios naturales que nos van quedando, provocando una perdida de biodiversidad y una mayor presión a las especies amenazadas, y con un aumento de la contaminación ambiental que acelera el cambio climático. Por no hablar de la contaminación de los ríos, pantanos y acuíferos por pesticidas, herbicidas y aguas residuales procedentes de la agricultura química y de los campos de golf… En estos momentos presenciamos como el agotamiento del litoral, producto de todos estos procesos, lejos de incitar a la reflexión, esta generando una extensión de la especulación urbanística y sus consecuencias hacia las zonas del interior andaluz.

Pero la especulación del territorio no solo provoca graves efectos ambientales. También tiene consecuencias sociales desastrosas. Así, el aumento exponencial del precio del suelo desplaza a los habitantes locales desde los cascos históricos de las ciudades y pueblos a las periferias, atrayendo hacia aquellos a una nueva población de mayor poder adquisitivo, que en gran parte los usa como segunda residencia, conllevando con ello la infrautilización de estas viviendas. El aumento del precio del suelo urbano deriva en una mayor presión urbanizadora sobre el suelo rústico, provocando también el aumento de su precio hasta quedar fuera del alcance de la población local e impidiendo que los pequeños y medianos agricultores puedan mantener su medio de vida y transmitirlo a generaciones futuras. Así, la producción se desplaza a otros países o regiones, con lo que perdemos autonomía agrícola y alimentaria. Solo sobreviven las grandes empresas agroindustriales, poco respetuosas con el medio ambiente y con los derechos de los trabajadores, y abiertas, en aras del beneficio, a la implantación de cultivos transgénicos que crean una dependencia absoluta de las multinacionales agroquímicas. Todo esto, asociado a un marco legal donde los contratos y despidos son cada vez mas barato, tanto para trabajadores nacionales como inmigrantes. Este supuesto progreso provoca la desaparición de la cultura e identidad local e impide el desarrollo de alternativas sostenibles como la agricultura y la ganadería ecológica, la pequeña industria, el turismo respetuoso con el medio, la artesanía y el comercio de productos locales. Finalmente, este modelo va acompañado de corrupción económica y política, encubriendo y propiciando el blanqueo de capitales y el crimen organizado.

En resumen, se trata de un desarrollo especulativo que se caracteriza, además de por la pérdida o deterioro de patrimonio natural, por la creación de un modelo social basado en la precariedad laboral, el desarraigo cultural y el deterioro democrático general.

En este contexto, el papel de las poblaciones locales no es ni mucho menos el deseable en una sociedad democrática. La capacidad de intervención de la sociedad civil en la toma de decisiones sobre los proyectos que afectan al litoral es escasa, reduciéndose en la mayor parte de los casos a su articulación a través de las organizaciones ecologistas, que se sienten casi siempre nadando contra la corriente del consenso institucional y social en torno a las políticas de desarrollo en el litoral. Dicho consenso no se sustenta, sin embargo, sobre la base de un análisis racional e integrador, sino más bien sobre los paradigmas de progreso y mercado plenamente instalados en nuestra sociedad, que lo sitúan en el plano de lo incuestionable. Las poblaciones locales del litoral andaluz carecemos habitualmente de la información y formación necesarias para valorar en toda su dimensión las repercusiones —positivas o negativas— de los proyectos que se proponen. Lejos de ello, se asume como indiscutiblemente positiva cualquier inversión externa, proyecto urbanístico o turístico o macroinfraestructura, embelesados casi siempre con los muchos ceros que suponen dichas inversiones, con las promesas de desarrollo habituales en la verborrea de sus promotores y con el manejo y don de gentes de los negociantes y especuladores de turno. Se ha construido así toda una mitología en torno a este modelo de desarrollo del litoral, como  intrínsecamente positivo y única alternativa viable de progreso. Solo hay que recordar como en la pasada década las mafias urbanísticas pasaron de influenciar a los gobiernos municipales litorales, casi desde la clandestinidad, a hacerse con el control directo de gran parte de ellos en la costa mediterránea de Andalucía, con el sorprendente respaldo en las urnas de importantes sectores sociales. Todo ello nos hace pensar que no estamos, como sociedad, valorando adecuadamente en qué medida dicho modelo y dichas actuaciones hipotecan nuestro futuro y degradan nuestro presente, y que es preciso, no sólo un conocimiento más profundo del funcionamiento del sistema litoral y de su importancia ecológica, sino también un debate sobre dicho modelo y sus repercusiones.

De este análisis se deduce la necesidad de revertir el desarrollo especulativo del litoral. Para ello, el primer paso sería ponerle freno, es decir, establecer una moratoria urbanística en el litoral que permitiera a la sociedad andaluza reflexionar con sosiego sobre la necesidad de modificar el modelo de desarrollo. Pero, ¿cómo promover tal moratoria dado el consenso social y político sobre el modelo de desarrollo urbanístico actual? Es necesario romper dicho consenso, desmitificando el urbanismo litoral como modelo de desarrollo viable.

Un grito de guerra

Llegar a la sociedad andaluza, impregnarla con ideas que pongan en cuestión ese consenso general sobre las supuestas bondades del desarrollo urbanístico, requiere un grito de guerra o eslogan —la palabra eslogan viene del celta slaugh (guerra) y gheun (grito), o sea, grito de guerra—. Nuestra conclusión es clara: debemos exigir una moratoria urbanística en el litoral y nuestro problema es encontrar una frase que sintetice adecuadamente ese discurso, tanto en su contenido como en su energía, y que sea capaz de llegar a la sociedad. Por ello, el eslogan que proponemos es:

Nuestro litoral se agota. Ni un ladrillo más.

Ni un ladrillo más es un eslogan rotundo, seco, contundente, enérgico y, si se quiere, amenazante. Un se acabó, sin aceptar condiciones, sin contemplaciones, no cabe discusión. Al enemigo, ni agua. Es la guerra contra el ladrillo.

Ni un ladrillo más adquiere la forma e imagen de un sello tampón de caucho, para usar preferentemente en tinta roja y cruzado de esquina inferior izquierda a superior derecha. Esta imagen aporta mayor rotundidad al mensaje, la que se emplea en sellar un documento, simbolizando el freno al ladrillo.

El sello de caucho es además ilimitado, puede ser entintado y estampado indefinidamente. Es la idea repetitiva lo que hace de los sellos de caucho un vehículo sólido de transmisión de información y es ese carácter el que se pretende dar al eslogan  Ni un ladrillo más.

El sello tampón aporta una gran versatilidad de usos, que nos permite movernos entre el espacio virtual y el espacio real, de la imagen gráfica de materiales de difusión a la acción directa y las intervenciones sobre espacios públicos.

Ni un ladrillo más puede estamparse sobre cualquier cosa. Aquí van algunas propuestas:

  • Sobre un ladrillo. Es nuestro píxel, nuestro elemento básico o unidad mínima de intervención. Cada ladrillo que marquemos quedará dañado en su más profunda autoestima y resultará inútil para cualquier tarea constructiva.
  • Sobre una edificación o proyecto urbanístico concreto. Supone la invalidación y el freno del proyecto. Se juzga, se condena y se estampa el sello. Si el proyecto llega a realizarse, se caerá por su propio peso.
  • Sobre un PGOU u otro documento de planeamiento urbanístico. Supone, igualmente, el rechazo al plan. En este caso el sello actúa como vacuna, librando de ladrillos indeseables al documento.

Ni un ladrillo más permite intervenir sobre cualquier cuestión relacionada con la especulación urbanística y la fiebre del ladrillo que asolan nuestra región. Pero nuestro interés se centra especialmente en el litoral, por lo que el eslogan se complementa con la frase Nuestro litoral se agota.

Nuestro litoral se agota completa el mensaje aportando la razón de la contundencia del eslogan principal. Su valor está en que resume la razón última y principal para parar el urbanismo en el litoral de Andalucía. El eslogan apunta directamente al urbanismo en el litoral, al ladrillo, como responsable principal del agotamiento y la degradación del litoral. Casi sobra añadir más argumentos.

Es un argumento que conecta además con la experiencia de cualquier persona que haya visto la evolución de nuestros municipios litorales en los últimos años o décadas y puede, por tanto, ser entendido y compartido por un gran sector de la población. Y esto sirve tanto para la población local como para los propietarios de segunda residencia y turistas habituales.

Jugando con el grito de guerra

El mensaje, único y contundente, debe llegar al público por diversos medios y asociado a toda una diversidad de imágenes. El eslogan es, como se expuso antes, versátil para poder ser estampado como un sello sobre cualquier cosa y se trata de aprovechar esa versatilidad.

Como elemento protagonista del mensaje, la imagen del ladrillo tachado por el eslogan de la campaña constituye casi un logotipo. Minimalista y sencilla, esta imagen refuerza aún más la identificación del ladrillo como elemento de culto de la corriente de pensamiento dominante en torno al desarrollo económico de nuestra región.

Estos dos son muestras de empleo del eslogan con ejemplos concretos de nuestro litoral. En cada caso el sentido puede ser diferente, triunfalista o amenazador en el caso de Atlanterra o de denuncia en el caso de Bolonia.

El karateka rompiendo ladrillos trata de ser una imagen amenazante: no nos vamos a quedar en frenar al ladrillo, sino que también vamos a derribarlo. Es también una invitación a la participación: ¡Rompe un ladrillo por tu litoral! Y es también una forma de liberar la tensión debida a la indignación que sentimos por el robo de nuestro patrimonio heredado que supone la especulación urbanística.

Los dioses simbolizan la verdad, la sabiduría. Cuando hablan, lo hacen para proteger o aconsejar a los seres humanos. Poner en boca de los dioses nuestro eslogan supone elevarlo a la categoría de mensaje divino. ¿Quién va a rebatir nuestros argumentos si la diosa Gades, Jesucristo o el mismísimo Jehová afirman: ni un ladrillo más?

Un poco más allá

La utilidad del eslogan y su imagen va más allá de su uso en el diseño de material gráfico. Su forma de sello tampón permite pasar de la virtualidad a la realidad, de la imagen simbólica a la intervención sobre espacios reales, multiplicando así los posibles soportes y la difusión del mensaje.

El sello tampón de bolsillo

Es el sello de tamaño convencional que llevaremos siempre encima y que nos permitirá actuar sobre los más diversos soportes. El modelo ideal es el automático, que no requiere tampón de tinta separado. Algunos ejemplos de uso:

  • El periódico de bar. Nada más democrático que el periódico de bar, que leen multitud de clientes mientras se toman el cafelito o la cervecita y que nos permite opinar sobre esas, por desgracia, habituales noticias de escándalos urbanísticos, PGOUs, complejos turísticos, etc. Sólo tenemos que estampar nuestro sello sobre la noticia con cierto disimulo y nuestra opinión será leída por multitud de personas a lo largo del día. Es más, por el simple hecho de poner un sello sobre una noticia, provocaremos la atención sobre ella de quien simplemente ojea el periódico.
  • El folleto turístico. Que suele colocarse en expositores, mostradores y mesas de información, en oficinas de turismo, hoteles o cualquier otro lugar. Los hay de diverso tipo: planos turísticos de un municipio, folletos de complejos turísticos, anuncios de hoteles, etc. y sobre cualquiera de ellos el sello ni un ladrillo más puede tener sentido.
  • El plan o proyecto a exposición pública. En esos largos ratos de lectura y análisis que pasamos en los ayuntamientos y otros organismos públicos revisando planes y proyectos durante los periodos de información pública, podemos entretenernos estampando nuestro sello de bolsillo en algunas páginas de esos tediosos documentos. Así, el interesado que revise después el documento o el propio arquitecto municipal podrán ser iluminados por nuestro revelador mensaje. Es, además, la alegación directa y certera, la única que será, con total seguridad, incorporada al plan.
  • La frente del concejal de urbanismo. Se trata de otro posible uso del sello tampón de bolsillo, inspirado en las acciones de la BBB (Biotic Baking Brigade) — la Brigada Pastelera Biótica se dedica a aplicar pasteles biológicos en la cara de políticos y gentes poderosas del mundo—, pero sustituyendo el tartazo en la cara por el estampado del sello ni un ladrillo más  en la frente del político de turno. La acción se debe realizar en actos públicos con presencia de la prensa, para obtener un efecto mediático adecuado, y valen frentes de concejales de urbanismo, alcaldes o cualquier político implicado en asuntillos de especulación urbanística.

El sello gigante o plantilla troquelada

Es el sello de gran formato que permite actuar sobre soportes mayores y más visibles. Se trata de una plantilla metálica troquelada para imprimir con pintura. Consistirá en un kit desmontable y portátil, que incluirá plantillas de varios tamaños y diversos accesorios para poder actuar sobre soportes de distinto tamaño y altura. Algunos ejemplos de posibles soportes son:

  • Valla publicitaria de promoción urbanística. La típica valla estupenda que pretende vendernos un futuro paraíso junto al mar. Si el promotor ha pensado que ese sitio era precisamente el mejor para colocar su valla anunciadora, entonces será también el sitio perfecto para nuestro eslogan. Obtendremos la máxima visibilidad de nuestro mensaje golpeando donde más duele.
  • Escaparate o fachada de promotora urbanística. Ataque directo a casa del enemigo.
  • Fachada de un edificio en construcción. Qué mejor forma de acabar una obra. Quizás los operarios se lo tomen en serio y dejen de poner ladrillos.

La bienvenida hollywoodiense

Aumentando aún más el tamaño de la intervención, la bienvenida hollywoodiense consiste en la fabricación del mensaje ni un ladrillo más en letras de gran tamaño al estilo Hollywood, como está también muy de moda en las rotondas de entrada a los pueblos para dar la bienvenida a sus visitantes. El mensaje se puede colocar de forma itinerante en los municipios litorales, en colinas o puntos de entrada a la localidad, para dar la bienvenida a los turistas, pero, como se ve en las imágenes, lo divertido es llevarse las letras puestas para utilizarlas en actos concretos.

Tiene un fin similar a una pancarta, pero con la ventaja de ser visible desde mayores distancias debido al tamaño de las letras. El invento es muy antiguo como puede apreciarse.

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Antonio Luna del Barco | Cádiz (Andalucía) | Mayo de 2005

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