Más allá de Cortadura

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Si Cadi-Cadi acaba en Puerta Tierra, Cádiz acaba en Cortadura. Más allá parece no haber nada. Me refiero a nada que la ciudad identifique como suyo. Si acaso, la playa de Cortadura, por la continuidad con la de la Victoria, la existencia de la vía de servicio, la presencia de chiringuitos. Pero, al otro lado de la autovía y del ferrocarril, hay todo un territorio desconocido para la mayoría.

Prueba de ello es que Cádiz parece ser el único municipio de la Bahía que aún no se ha percatado de que parte de su término municipal está incluido en el Parque Natural Bahía de Cádiz. Y no desde hace poco; desde 1989, hace casi 30 años. En concreto, 387,9 hectáreas, lo que supone el 31,89% de su superficie municipal. Sí, casi un tercio de Cádiz es Parque Natural. Ningún municipio de la Bahía aporta un porcentaje tan alto de su territorio al espacio protegido, aunque en términos absolutos sea una contribución pequeña.

Y, sin embargo, la identificación de Cádiz con el Parque Natural es escasa, muy escasa, casi inexistente. No es que el gaditano no sepa de su existencia. Lo conoce pero no lo reconoce como propio. Lo vincula a San Fernando y a Puerto Real, a Chiclana o a El Puerto, pero no a Cádiz. Topónimos como Santibáñez, la Roqueta, Río Arillo, San Félix, la Dolores… suenan poco o nada, no suelen aparecer en las letras de Carnaval.

Históricamente, ese pedazo de Cádiz más allá de Cortadura siempre estuvo fuera de Cádiz, separado de ella por una muralla. Solo contemplado como soporte para alguna nueva expansión urbana, como las que, a lo largo de los siglos, fueron trasladando el límite de la ciudad, la muralla que la separaba del mundo, un poco más allá. Ese trozo de Cádiz siempre fue el verdadero extramuros. El extraemporio.

No es de extrañar que en la primera mitad del siglo XX se planeara sobre ese espacio la gran expansión portuaria de Cádiz, con la construcción de una Zona Franca de magnitudes hoy impensables. Puestos a planear, llegó a incluir incluso un aeropuerto sobre los fangos de la marisma. El menos modesto de los proyectos que se sucedieron entre los años 20 y 50 proponía el relleno de más de 1.500 hectáreas del saco de la Bahía entre Cádiz y San Fernando. Y, muestra de la falta de vínculo con la ciudad de Cádiz, asociado a este gran puerto franco, se concebía una nueva ciudad satélite para albergar a la enorme mano de obra necesaria.

Tampoco sorprenderá demasiado, por ser muy propio de la época, que en los 70 se pretendiera crear a lo largo del istmo la tercera parte de la ciudad, Cádiz 3 lo llamaron, llenando de torres de apartamentos el frente litoral entre Cortadura y El Chato y aniquilando, como ocurriera en la Victoria décadas antes, el sistema dunar del tómbolo. Aunque paralizado por la administración estatal, se consiguió llevar a cabo la vía de servicio que hoy existe entre ambos enclaves.

Más pueden asombrarnos las propuestas de décadas recientes, como el cementerio marino sobre una isla artificial, no está claro si inspirado en el poema de Paul Valery —¡el mar fiel duerme allí entre mis tumbas!—, que fue propuesto durante la redacción del PGOU de 1984 como respuesta a la saturación e inapropiada ubicación del de San José. O uno de los proyectos estrella de Teófila Martínez para el PGOU de 2011: la construcción de 500 pisos para jóvenes en bloques-palafitos sobre las aguas del saco de la Bahía, del que se mostraban fantásticas recreaciones con un toque al Waterworld de Kevin Costner. Su justificación, la falta de un suelo más firme dentro de los límites de la ciudad. Considerado inviable en la evaluación ambiental e incompatible con la Ley de Costas, la Consejería de Medio Ambiente echó por tierra —o por agua— el futurista y visionario proyecto.

Todas estas ideas para el más allá de Cortadura fueron, por fortuna, abandonadas. El único proyecto que sí se llevó a cabo fue la construcción de la Estación Depuradora de Aguas Residuales de Cádiz y San Fernando sobre la salina Dolores en la década de 2000. Aunque ocupa solo unas pocas hectáreas, el emplazamiento elegido resulta indicativo del carácter de patio trasero de este espacio para la ciudad, de la desafección con él. A ello han contribuido sin duda la ampliación a autovía de la carretera que discurría por el istmo y la duplicación de la vía férrea, que convirtieron a este trozo de Cádiz en un lugar de paso a cien por hora y de difícil acceso.

Y lo que no se ve ni se conoce es en realidad un catálogo de elementos patrimoniales de excepcional interés que, si sobrevivieron al siglo XX de los megaproyectos, parecen tener los días contados en este XXI por el mero transcurrir del tiempo, por el desuso y el olvido. Como diría Roy Batty antes de morir, “yo he visto cosas que vosotros no creeríais…” más allá de Cortadura, que “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

Molino de Río Arillo

Molino de Río Arillo

Lágrimas provoca contemplar cómo el Molino de Río Arillo, uno de los mayores exponentes de los molinos de marea atlánticos — tan solo existen otros dos similares en Cantabria y Portugal—, va muriendo de decrepitud, entre la situación de bloqueo administrativo y la inacción de las Administraciones. El intento frustrado a finales de los 90 de que fuera sede del centro de visitantes del Parque Natural parece que dio al traste con toda posibilidad de salvar la vida al propio molino, pero también con la creación de cualquier otra oferta potente de uso público del espacio protegido en el término municipal de Cádiz, en contraste con el resto de municipios del Parque. Una oferta que en la actualidad se limita a un área recreativa, que tiene en sí misma escasa capacidad para la difusión e interpretación del patrimonio existente en el entorno. El único sendero existente en el término municipal, el sendero Salina Dolores, se encuentra cerrado al público por mal estado.

Pero el molino de Río Arillo no es el único patrimonio de excepción en el territorio gaditano del Parque Natural. La Salina Dolores —Nuestra Señora de los Dolores, siendo preciso— merecería algo más que ser el destino inmediato de nuestras aguas negras. Por su localización y tamaño —más de70 hectáreas—, debió ser una de las más importantes de la Bahía en la época del esplendor salinero. Pruebas de ello son su casa con aspecto de cortijo, una de las más destacables de la arquitectura salinera de la Bahía, y su portada, al inicio del camino que conduce a ella. Y también que, ya en el siglo XX, llegara a contar con un apartadero ferroviario y con grandes naves para el lavado, molienda y almacenaje de la sal, que fueron desmanteladas recientemente.

Pozo de noria en Santibáñez

Pozo de noria en Santibáñez

Pero, no se vayan todavía, aún hay más. Quizás poca gente sepa que en Santibáñez se conservan las últimas huertas de Cádiz y de las salinas de la Bahía —aunque resulte sorprendente en un paisaje tan salino, las huertas eran un elemento característico de las salinas, sustento de la familia que vivía en ella—, junto a un pozo de noria que explotaba el agua dulce de la lluvia almacenada en el subsuelo arenoso del tómbolo sobre la impermeable arcilla. Agua dulce, escasa por lo general en el Parque Natural, que favorece el anidamiento en esta zona de aves como la cigüeñuela, la focha común o la polla de agua.

Pocos habrán descubierto en las cercanías un antiguo polvorín y su cuerpo de guardia, dos pequeñas edificaciones abovedadas escondidas entre la vegetación y la chatarra, que estarían vinculadas a una batería instalada para la defensa de Cádiz durante la Guerra de la Independencia. Pocos habrán reparado en los restos del molino mareal de la Roqueta, de finales del siglo XVI o principios del XVII, uno de los más antiguos de la Bahía, y los pilares de su muelle de carga. O en la casa de la salina Preciosa y Roqueta, a la que pertenece el molino, y el malecón de roca ostionera que formaba el muelle para la carga de la sal.

Tampoco muchos se habrán parado a observar la variabilidad del sistema dunar entre Cortadura y Torregorda, la riqueza que la plataforma rocosa deja al descubierto en bajamar o el peculiar ecosistema de agua dulce que constituye la laguna de La Gallega, habitado por anfibios como el gallipato y el sapo de espuelas.

Son solo una parte de lo insólito y secreto que nos reserva el Cádiz no urbano. Si alguien reclamaba un parque temático para Cádiz, lo tiene ahí delante. Solo hay que asomar la cabeza más allá de Cortadura.2010_10_19-019

Publicado en El Tercer Puente nº15

 

 

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